lunes, 19 de marzo de 2012

LEY VERSUS JUSTICIA DE DIOS


Estamos hablando de personas, no de tesis o escuelas de pensamiento. Las personas son falibles y, posiblemente, Jesús supiera darle a cualquier caso, una solución distinta a la que nosotros le podemos dar, a veces maniatados por la letra, y no por el espíritu de compasión de Cristo.

En el ejemplo (vivo) anterior, acordamos todos con cualquiera que esta persona pecó, que se comportó alocadamente, que tal vez debió sufrir sumisa repugnantes requerimientos de su marido, y todo lo que queramos añadir, lo mismo da que padecimientos humillantes, que las aun más humillantes apetencias y pasiones carnales de los adúlteros.

Creo que Jesús le hablaría de otro modo y daría con una buena solución (no un paliativo), siempre inspirado en su rigor con la verdad y con la misericordia que rebosaba. «Él, si sabía como tratar a las mujeres» si se me permite la ironía.

Los casos en que las personas parecen conformes con casarse,  y con mayoría de edad (establecida por leyes paganas) son un secreto para el que no tiene que tomar esa decisión. Juzgar por lo que nosotros, en nuestro «informado y sano» juicio haríamos, no parece ser muy justo ni misericordioso. Ni siquiera parece muy inteligente.

No estoy de acuerdo con las separaciones o divorcios, como anteriormente he dejado claro, y posteriormente seguiré insistiendo, pero los seres humanos no son ladrillos, y lo que se agita en el interior del corazón humano, hay que tratarlo con gran tiento y temor de Dios.

No estoy tratando otra cosa de de darle a cada situación una perspectiva, en la que entran en juego las circunstancias y la compasión cristiana. Aquí hay en juego una Ley santa, buena, y justa, pero arrollada por la justicia de Jesús y la misericordia aprendida de su Padre Santo. 

Sin tratar de extrapolar situaciones, lo que sería cuanto menos irreverente, pienso siempre en la solución que Jesús dio a la pecadora sorprendida en adulterio. Solo hago hincapié en que la ley debía cumplirse tal cual, aunque Jesús le dio otra salida mejor en la que intervino la misericordia y el perdón.

No se sabe, pero estoy casi seguro de que aquella mujer (a la que según la legítima ley, se debía haber apedreado y muerto), no vio el resto de su vida nada más que la figura del Bendito Nazareno. Y del tipo que adulteró con ella ¿se fue tan tranquilo sin que nadie le arrastrara hasta Jesús? ¡Mira que somos injustos y prejuiciados!

El hombre de Nazaret, un aparentemente rústico pueblerino, fue capaz de desafiar la letra sin vulnerarla, y establecer el Espíritu en aquella situación. Su Espíritu. Creo que la mujer ya no pecó más, después de las palabras liberadoras de Jesús. Es un misterio que siempre me hace conmoverme. ¡Ah, Jesús!

Aclarado (espero) lo anterior, me atrevo a afirmar que el matrimonio es de un valor espiritual tan enorme, que es muy triste pensar en cuantos casamientos se celebran, sin la menor idea de lo que se va a realizar.

Quizás solo satisfacer una ilusión o apetencia, que no por comprensibles y legítimas son, por sí solas, el basamento de una fuerte y espiritual relación entre los tres que sellan un pacto espiritual y eterno. ¿Tres? ¿pues no son dos? Veamos

Se trata de Dios, y los contrayentes. ¡Tres! Es un pacto de tres, en el que Dios garantiza que el pacto es bueno y tiene vigencia total. El incumplimiento o vulneración de ese pacto no es entre los esposos solamente, sino que se desafía la alianza que se hizo en su tiempo entre las tres personas involucradas. Dios y los contrayentes.

El cumplimiento del pacto o alianza que hacemos con Dios, para hacer su voluntad, nos asegura la vida eterna con Jesús, y abundantes bendiciones en nuestro matrimonio. Claro está, venimos hablando de cristianos. Pero ¿esto es así?

domingo, 18 de marzo de 2012

NO A DIVORCIO; NO AL EGOÍSMO

 

Hay que repetir una y otra vez, que no estoy por la labor de justificar un divorcio o cosa parecida. ¡Faltaría más! Reflexionemos en cada decisión que tomemos sobre estos asuntos, y entonces, y a la luz de la correcta interpretación de lo que Jesús llamó misericordia y perdón, obremos en consecuencia. 

Conocí el caso de una mujer que se casó muy joven, y con la ilusión propia de quien, a esa edad, esta llena de aspiraciones y de anhelos, ante una confiada vida en común. Totalmente ilusionada se casó enamorada, y con las aspiraciones propias de una joven de esa edad.

El marido empezó pronto a maltratarla, y en más de una ocasión tuvo que salir de su casa, porque su marido, después de darle golpes y puntapiés, iba hacia ella con un cuchillo. Borracho o sobrio era alguien peligroso para todos.

El hombre se marchó de casa para seguir con su loca y crapulosa  vida, yendo y viniendo cuando le parecía, siempre en pésimas condiciones, y con la misma intención de apremio sexual del momento. Es materia pegajosa, y fácilmente se puede disgustar a muchos, pero los conflictos hay que abordarlos.

Ella estuvo años y años, esperando que él se enmendara. Y la preguntas que se reciben cuando se refiere el caso son tajantes y de difícil respuesta ¿Es lícito obligar a esta mujer a estar encadenada por sus convicciones cristianas, a una vida de tortura real y física?

¿A que se arrastre por la vida con los hijos, trabajando estos desde niños, con las carencias más estrictas, sin amparo ni solución a sus problemas? Refugiada en casa de su madre y recibiendo ayudas miserables de parientes y amigos siendo mujer trabajadora y de carácter pacífico y amable.

¿Es preferible que se entregue a la prostitución, o que mate al marido? ¿La condenamos a una vida miserable, solo porque cuando tenía quince años tuvo unos arrebatos de pasión o locura, propios de la juventud ilusionada y ciega? ¿La miseria y el desamparo, es algo preceptivo para la conversión?

Intentar un enroque  entre la situación en tiempo de Jesús a la actual, es cuanto menos un error o una ingenuidad. En aquel tiempo se practicaba el repudio y el concubinato, por lo que las palabras de Jesús estaban dichas en otro contexto y con distinta intencionalidad.

Si los versículos «no lo separe el hombre» son afirmaciones categóricas, no se busque otra ilustración. Sobran todos los libros escritos y por escribir. Si la pregunta en vez de ser sobre el repudio hubiese sido para otro asunto concreto, Jesús probablemente hubiese dado otra respuesta. La que dio fue para responder, concretamente, a una pregunta concreta: ¿se puede repudiar por cualquier causa?

El que muchas personas plenas de razones y mejores intenciones, se aferren a estas consideraciones para legitimar un desafuero (de quien sea) o para refutarlo, no invalida el valor de las preguntas que se me formulan.

De mi parte no es sino una reflexión de ningún modo dogmática. Unos y otros tienen sus razones bienintencionadas y sinceras. Lo cierto es que la perplejidad aparece, en cuanto se debate esta cuestión.

Cualquiera puede discernir que el sacrificio y el heroísmo de la renuncia cristiana, son los que deberían prevalecer. Así debe ser. Eso es rigurosamente cierto, y yo defiendo esa postura que es correcta y concordante con la letra del Evangelio. Pero el asunto tiene más matices que el arcoíris. Miremos a continuación.

miércoles, 14 de marzo de 2012

¿INFIDELIDAD... O TRAICIÓN?



Insisto en que el divorcio es un mal tan enorme, que destruye todo amor y toda comprensión entre los cónyuges que toman esa terrible decisión. Como el niño que escapa de su casa con su hatillo, y al anochecer vuelve a ella aterido y hambriento, así el divorciado, hombre o mujer, no se da cuenta de que ha cometido un terrible error (por no decir la palabra “pecado”, que tanto asusta y disgusta a muchas gentes).

En su fuero interno, y a pesar de las vicisitudes del proceso, aun cree que el otro cónyuge le pertenece, y que a pesar de la separación, es posible que todo vuelva a la misma situación anterior. Naturalmente si las cosas andan por el cauce que esta persona cree que deben ir.

Pero esto no es así. Ellos creen que esa separación no es una realidad, sino algo así como un tira y afloja continuado. Solo cuando las cosas se ponen definitivamente tirantes, y el matrimonio está roto de verdad

Ya se han dicho y hecho muchas barbaridades, de uno contra el otro y es cuando la persona se encuentra a la intemperie, y cuando el divorcio muestra sus verdaderas garras, su verdadero horror.

Ya hemos dicho que el divorcio, emanante del repudio, es un ultraje a Dios en la persona del otro cónyuge. El divorcio (consentido o no, por los dos cónyuges), es el rompimiento del pacto contraído con Dios mismo; pacto que al romperse, ultraja todo el plan de Dios, y hunde en la ruina la vida espiritual de los hijos.

Que estas cosas ocurran entre incrédulos, no nos ha de sorprender, ya que esos matrimonios suelen ser fornicaciones más o menos legalizadas. En esos pensamientos y teorías, se habla mucho de libertad pero, curiosamente, se es muy estricto cuando se habla de fidelidad.

La promiscuidad para ellos es buena, pero la infidelidad (sobre todo, la casual de la mujer), es algo tan terrible que tiene casi la misma calificación, que la de las antiguas mujeres sorprendidas en adulterio. Pero no obstante y curiosamente, en todos los foros y con escasas excepciones, la fidelidad, de repente, se hace resaltar con rara virulencia.

Gentes que hablan de libertad absoluta, y que no solo practican, sino que promueven la promiscuidad, se tornan furibundos defensores de la fidelidad. ¿Cómo es posible que gentes que propugnan la inmoralidad más absoluta, defiendan con tanto ardor la fidelidad entre hombre y mujer?

Individuos carentes casi en absoluto de moral y de principios, hablan de ética y de responsabilidad. ¿Y eso es lo nuevo que aportan? ¿Y no es ese el mensaje que Jesús dejó grabado con el fuego de su palabra en los corazones de los cristianos, y que estos no se han cansado de predicar, y más aun con el ejemplo?

¿Hay cristianos errados y farsantes que se hacen pasar por tales? ¿Y qué? ¿Hay cristianos que caen llevados de una pasión o de una tentación apenas resistible? ¿Y qué? eso ocurre en todos los niveles y aspectos de la vida. ¿A usted no?

El cristiano es una persona sujeta a las mismas tensiones que acosan también a los demás. ¿Por qué creemos que necesitamos a Cristo? Si fuésemos perfectos cumplidores de la ley ¿para que murió Cristo? (Gálatas 2:21).

Nadie puede echar para atrás, con razón, ni uno solo de los preceptos que hay contenidos en la palabra de Dios, que es la «Constitución del cristiano». La verdad, es inamovible. El ser humano, cristiano o no, es falible y débil. ¡Todos!

martes, 13 de marzo de 2012

CONSECUENCIAS DE LA INFIDELIDAD




Como referencia práctica, recuerdo la revolución que en las universidades, suscitó el libro de Herbert Marcuse, titulado «Eros y Civilización», y los terribles daños que causó a los estudiantes que, jóvenes al fin, se adhirieron a sus tesis.

Posteriormente la comprobación horrorizada, de las nefastas  secuelas de la puesta en práctica de su filosofía de vivir, le hizo escribir un segundo libro, que solo era una refutación de lo anteriormente sostenido. Es que un libro lo puede escribir cualquiera pero su efecto en la sociedad puede ser nefasto.

En su nuevo libro, que no tuvo tanta aceptación ni éxito como el primero, se desdijo de lo dicho y comprendió el valor de las leyes civiles, las naturales, y hasta se atrevió a hacer incursiones más o menos veladas en las cristianas. Pero a las gentes viciadas no les gusta que les hablen de Jesús.

La catástrofe iniciada por su primer libro, no pudo ser ni siquiera paliada por su segundo libro “El final de la utopía”, ya que los que se habían extraviado por causa del primero, no estaban en condiciones de leer el segundo, donde, literalmente, se retractaba de lo dicho en el primero. Aunque claro está, él era ya rico y famoso.

Repito que si las modernas leyes son de esta índole, estamos en un contexto diferente del que Jesús hablaba. A los que los dichos de la Escritura les parece cosa baladí, o a los que aun sabiendo la verdad que contiene, tratan de hacer por su cuenta su propia teología sobre este asunto, (como sobre todos), sepan que también de eso trata el santo libro.

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.

Porque cuando los incrédulos que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus propios razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio. (Romanos [1,12 y ss).

El matrimonio de una chica de quince, trece, y hasta doce años, por poner un ejemplo, no puede ser de la misma validez que la de una mujer madura de veintidós, por la razón comprensible de que no está en condiciones de tomar una decisión de este fuste.

No se puede obligar a una persona por una decisión que se tomó (o se le obligó a tomar) en la infancia o adolescencia (por poner un ejemplo entre muchos), con nula responsabilidad, a sufrir las consecuencias de una atolondrada acción de juventud.

Piense cada cual, si es medianamente maduro, en su adolescencia y juventud. Si hemos de pagar las consecuencias de la inmadurez y la inexperiencia, además de la desinformación casi total de forma irreversible y permanente, sin posible corrección, parece que es demasiado rigor y falta de misericordia. 

Ni queremos referirnos, a cuando es decisión de los padres, o por cualquier causa en la que una chica (o chico) ha de casarse involuntariamente, y sin defensa, por su miedo, desconcierto, ignorancia, y hasta si me aprietan, por cobardía. Pero acordémonos de nuestra adolescencia y juventud.




viernes, 9 de marzo de 2012

VULNERACIÓN DEL MANDAMIENTO



Ahora también se propone establecer centros de mediación familiar, ayuda a la vivienda, y toda una baraja de medidas que solo beneficiarán a las personas aprovechadas, y que seguirán sumiendo a las inocentes en la tristeza, el desamparo emocional, y la precariedad económica.

Y estos hechos sumergen a todos en el odio, el resentimiento, y toda clase de malos sentimientos, que trasmiten a los niños con la más apabullante tranquilidad y falta de responsabilidad. En fin, un espectáculo poco edificante, por no decir más.

Toda acción provoca una reacción, y por la otra parte opositora a estos tejemanejes se establece una actitud que, al ser generalizada con todos los afectados, puede generar una injusticia añadida a la ya existente por causa del divorcio. Me refiero a la actitud indiscriminada y extrema ante el divorcio. 

Este hecho deleznable, es tratado por innumerables autores con razones muy convincentes, gran rigor, hermenéutica estricta, y con las confusiones que he tratado de venir señalando, con toda humildad y lo más brevemente posible.

Lo que ocurre es que es un tema que toca tabúes y condenas, así como también tendencias liberales casi extremas. Pero para tomar esas posturas tan tensas y lapidarias en ambos extremos sentidos, que se emiten sin cesar, hay que tener gran cuidado.

Es necesario que los que lo hacen, tengan en cuenta que también está perfectamente expresado por el mismo Jesús: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. (Mateo: 12,36).

Otros muchos mandamientos, se quebrantan de forma rutinaria, pero a los cuales se tienen por no vulnerados, o se elabora una interesada comprensión y tolerancia, que no se da al rancio asunto del divorcio.

Unos ejemplos, entre multitud de ellos.

Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. (Mateo 5,22).

Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios... (Mateo 5,34).

Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; (Mateo 5,39).

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; (Mateo 5,44).

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús...  (Filipenses 2,5).

Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. (Mateo 15,42).

A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva. (Lucas 6,30).

Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; (1ª Pedro 3,8).

Así que ruego a todos los que hagan la misericordia de examinar este somero escrito, que tengan presentes estos y otros textos que, tal vez, conozcan mejor que yo. Tal vez recordemos la frase del Señor Jesús: El que esté libre de pecado, lance piedra contra ella. (Juan 8:7).


jueves, 8 de marzo de 2012

DIVORCIO Y SECUELAS


No adulterarás, no matarás, no hurtarás,
no dirás falso testimonio, no codiciarás,
y cualquier otro mandamiento,
en esta sentencia se resume:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El amor no hace mal al prójimo;
así que el cumplimiento de la ley es el amor.
 (Romanos 13).

 La situación real es terrible y los daños económicos, físicos, (69 crímenes por esta causa) y sicológicos, sumen a la sociedad del desarrollo y la emancipación religiosa, en un feroz sufrimiento y degradante desconcierto moral.

La cifra de rupturas matrimoniales alcanza cada año aproximadamente un 10% más que el año anterior, así como los crímenes perpetrados por causas concomitantes. Comparando con el año 1990 el aumento es de vértigo, y se espera que en los próximos años (contando con las uniones de hecho que se separan, las uniones matrimoniales o afines llegarán al 50% de divorcios.

Si usted se casa sepa que hay una probabilidad de un 50% de posibilidades de que su matrimonio termine en divorcio. Desde 1990 ya se han incrementado más del 80% los divorcios que se producen. En la actualidad (2012) ese 50% parece ya superado.

Más del 50% en cifras redondas, no alcanzan los diez años de vigencia, y aproximadamente el 70% finiquita antes de los quince años. Son cifras tomadas a voleo de las estadísticas existentes, y con más o menos exactitud, esa es la situación, bien ilustrativa por cierto, de la extensión de este gran mal.

Como siempre, los que pagan las consecuencias de estas rupturas son los niños, como elemento más débil de todo este tinglado de mentira y traiciones al compañero/a, al que se había jurado amor hasta la muerte, refrendado en las iglesias o en los juzgados y hasta ayuntamientos.

Los niños sufren cambios de domicilios bruscos, en medio de las tormentas emocionales que se provocan en las separaciones de los padres; sufren trastornos físicos, fracaso escolar, anticipación en sus actividades sexuales, vulnerabilidad ante la droga, el alcohol, y los etcéteras de rigor.

Todo eso lo conocen los padres que se separan, y que afirman vehementemente que adoran a sus hijos. A pesar de estas manifestaciones, los progenitores buscan más su propio derecho antes que el de los hijos. No de otra manera, se explica lo que está ocurriendo.

Del aborto no deseo ni hablar, y solo lo menciono como una plaga admitida tranquilamente por multitudes, y contra la que de no resistir a todo trance, la lucha está perdida. Lo dejo, porque para mí  son «aguas profundas.» Ya lo trato en otros escritos.

También, anteriormente, se han tenido que preparar otras medidas contra el alcoholismo, la drogadicción, la ludopatía, y otro largo etcétera de dependencias, resultantes de esa llamada «libertad» y desentendimiento de la moral cristiana. Pero el pueblo así lo quiere.

LAS COSAS COMO SON, NO COMO ESTÁN



Después de casados comprueban con dolor, que no había nada de eso en la persona amada, y que su vida es solo un continuo dolor, al comprobar la manera de comportarse de su ya esposo-esposa.

Realmente ellos ya se habían figurado algo, pero su pasión les llevó a dar por bueno lo que ellos sospechaban, con razón, que solo era una táctica sutil por parte del otro para conseguir sus malvados objetivos.

Pretender en las circunstancias que brevemente hemos mencionado (hay a miles), que los hechos sigan como si tal cosa, es desconocer la verdadera entidad de la voluntad de Dios, para nuestra salvación y vida sana en paz. El mandamiento es fiel y correcto.

Tratar de desvirtuarlo es necedad y pecado, pero asimismo, tratar de juzgarlo y tratarlo desde un sillón, en la paz del cristiano más elevado espiritualmente, puede resultar soberbia y una falta clamorosa de misericordia.

Por supuesto que la solución, no es hacer las cosas como a cada uno se le antoje. Si hay voluntad de agradar a Dios, es natural que se busquen adecuaciones que traten a la vez el problema, y no violen la misericordia y la voluntad de Dios, que solo es el bien de los hombres.

Tal vez a muchos, con razones sólidas, no les parezca bien que se produzcan casos de anulación de matrimonio por causa de mala intención previa, problemas sexuales posteriores, y reservas mentales que se aducen para  tales anulaciones. Para ellos el mandamiento es férreo, y no  cabe una solución ni el ejercicio de la misericordia.

Es muy respetable tal posición, aunque creo que las causas de anulación cuando son por causas legítimas y verídicas, tienen un peso enorme en la decisión de tales anulaciones. El hecho de haberse hecho unos votos en una ceremonia de cualquier clase, con reservas mentales o intenciones viles o desordenadas, no hace de esa ceremonia un verdadero casamiento o matrimonio.

La presencia de sacerdote, pastor, o cualquier clase de persona (clérigo o no), por muy relevante que sea no valida tal parodia. La sana intención, y los votos interiores de los contrayentes delante de Dios, como debe ser en cristianos sinceros, es lo único que constituye el vínculo sagrado. (Orígenes)

               Y si hay esa falta de conocimiento, cárguese a la cuenta de los que ostentan cargo eclesial, la proporcional y justa responsabilidad, por no hacer que en su congregación silbe el látigo del espíritu, y el bálsamo de la Gracia de Dios. De no ser así Jesús hubiese dicho que la ley era la ley y que la mujer adúltera fuera lapidada. Y eso no lo dijo. Solo dijo a la mujer: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. (Juan 8:11)

domingo, 4 de marzo de 2012

NO DIOS, SINO NOSOTROS



Los jueces humanos han de intervenir en algo, que los propios cónyuges tendrían que defender con más rigor. Su fe y su intimidad y sobre todo, su ejemplo y sus hijos. Ponen el asunto en las manos de un juez humano, y no de la iglesia.


Esto es poner un árbitro que arregle las problemas que  equivale a pensar que la norma de Dios no ha «sabido o podido» resolver tal problema, y que la forma de enfoque mundana por parte de los cónyuges, ha de resolver el asunto a la manera del mundo.


Es realmente un desprecio a las reglas provechosas de Dios. No queremos seguir la senda de Dios. Como en el libro de Samuel se dice, así se procede hoy día. No solo por los negativos o indiferentes; a fin de cuentas es lo suyo. Es por los autodenominados cristianos, que se produce esa rebelión contra los mandamientos de Dios.


Israel, a pesar de comprobar a lo largo de los siglos la protección de Dios, en medio de naciones superiores en poder, no quería que Dios se inmiscuyese en sus caminos, y así se dice en la Santa Escritura: Pero el pueblo (de Dios) no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras. (2º Samuel 8,19 al 22).


Los actuales republicanos, ignorando la idiosincrasia de nuestro pueblo, quieren implantar una república en donde ellos puedan elegir a quien sea el presidente, que es equivalente al rey como jefe del Estado. Dicen lo mismo que aquellos israelíes: no queremos que este reine “sobre nosotros”. Y así hicieron, con el Cristo de la Verdad y el Amor.


Todas las costumbres de los paganos, fueron buscadas y adoptadas por el pueblo, que desechaba abiertamente a Dios, para sostener e impulsar sus vidas. En esa rebelión, las más necias idolatrías se impusieron durante siglos en Israel. Los nefastos resultados los explica abundantemente la historia.


 Y Jesús cuenta en una parábola refiriéndose a lo mismo, solo que aplicado a su propia persona: Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. (Lucas 19,14). Esa es la filosofía actual, con las lógicas excepciones. Simplemente no queremos que Cristo reine en nuestros corazones y en nuestras vidas.


Que Cristo reine en nuestros corazones, significa en el terreno practico que todos lleven consigo mismo la bondad, el amor a los demás, la solidaridad, la paz…  y todos los buenos elementos que pueden hacer felices a las personas en toda clase de raza o situación.


Paz, para vivir confiados uso en otros, y prosperidad, pues al no reinar la codicia como ahora, todos tendríamos nuestra parte en esta tierra don divino de Dios. No más guerras, no más expolios, no más robo y venalidad. En fin, la redención completa de la humanidad.


Volviendo a nuestro asunto, se contrasta frecuentemente a gente que se ha hecho pasar por ferviente cristiano, para conseguir la chica o chico con el que deseaban casarse, y antes del matrimonio han hecho profesión de fe con los labios, para que el novio o novia pensara que hacía un casamiento según la voluntad de Dios. Después… ya saben.