martes, 13 de marzo de 2012

CONSECUENCIAS DE LA INFIDELIDAD




Como referencia práctica, recuerdo la revolución que en las universidades, suscitó el libro de Herbert Marcuse, titulado «Eros y Civilización», y los terribles daños que causó a los estudiantes que, jóvenes al fin, se adhirieron a sus tesis.

Posteriormente la comprobación horrorizada, de las nefastas  secuelas de la puesta en práctica de su filosofía de vivir, le hizo escribir un segundo libro, que solo era una refutación de lo anteriormente sostenido. Es que un libro lo puede escribir cualquiera pero su efecto en la sociedad puede ser nefasto.

En su nuevo libro, que no tuvo tanta aceptación ni éxito como el primero, se desdijo de lo dicho y comprendió el valor de las leyes civiles, las naturales, y hasta se atrevió a hacer incursiones más o menos veladas en las cristianas. Pero a las gentes viciadas no les gusta que les hablen de Jesús.

La catástrofe iniciada por su primer libro, no pudo ser ni siquiera paliada por su segundo libro “El final de la utopía”, ya que los que se habían extraviado por causa del primero, no estaban en condiciones de leer el segundo, donde, literalmente, se retractaba de lo dicho en el primero. Aunque claro está, él era ya rico y famoso.

Repito que si las modernas leyes son de esta índole, estamos en un contexto diferente del que Jesús hablaba. A los que los dichos de la Escritura les parece cosa baladí, o a los que aun sabiendo la verdad que contiene, tratan de hacer por su cuenta su propia teología sobre este asunto, (como sobre todos), sepan que también de eso trata el santo libro.

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.

Porque cuando los incrédulos que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus propios razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio. (Romanos [1,12 y ss).

El matrimonio de una chica de quince, trece, y hasta doce años, por poner un ejemplo, no puede ser de la misma validez que la de una mujer madura de veintidós, por la razón comprensible de que no está en condiciones de tomar una decisión de este fuste.

No se puede obligar a una persona por una decisión que se tomó (o se le obligó a tomar) en la infancia o adolescencia (por poner un ejemplo entre muchos), con nula responsabilidad, a sufrir las consecuencias de una atolondrada acción de juventud.

Piense cada cual, si es medianamente maduro, en su adolescencia y juventud. Si hemos de pagar las consecuencias de la inmadurez y la inexperiencia, además de la desinformación casi total de forma irreversible y permanente, sin posible corrección, parece que es demasiado rigor y falta de misericordia. 

Ni queremos referirnos, a cuando es decisión de los padres, o por cualquier causa en la que una chica (o chico) ha de casarse involuntariamente, y sin defensa, por su miedo, desconcierto, ignorancia, y hasta si me aprietan, por cobardía. Pero acordémonos de nuestra adolescencia y juventud.




viernes, 9 de marzo de 2012

VULNERACIÓN DEL MANDAMIENTO



Ahora también se propone establecer centros de mediación familiar, ayuda a la vivienda, y toda una baraja de medidas que solo beneficiarán a las personas aprovechadas, y que seguirán sumiendo a las inocentes en la tristeza, el desamparo emocional, y la precariedad económica.

Y estos hechos sumergen a todos en el odio, el resentimiento, y toda clase de malos sentimientos, que trasmiten a los niños con la más apabullante tranquilidad y falta de responsabilidad. En fin, un espectáculo poco edificante, por no decir más.

Toda acción provoca una reacción, y por la otra parte opositora a estos tejemanejes se establece una actitud que, al ser generalizada con todos los afectados, puede generar una injusticia añadida a la ya existente por causa del divorcio. Me refiero a la actitud indiscriminada y extrema ante el divorcio. 

Este hecho deleznable, es tratado por innumerables autores con razones muy convincentes, gran rigor, hermenéutica estricta, y con las confusiones que he tratado de venir señalando, con toda humildad y lo más brevemente posible.

Lo que ocurre es que es un tema que toca tabúes y condenas, así como también tendencias liberales casi extremas. Pero para tomar esas posturas tan tensas y lapidarias en ambos extremos sentidos, que se emiten sin cesar, hay que tener gran cuidado.

Es necesario que los que lo hacen, tengan en cuenta que también está perfectamente expresado por el mismo Jesús: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. (Mateo: 12,36).

Otros muchos mandamientos, se quebrantan de forma rutinaria, pero a los cuales se tienen por no vulnerados, o se elabora una interesada comprensión y tolerancia, que no se da al rancio asunto del divorcio.

Unos ejemplos, entre multitud de ellos.

Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. (Mateo 5,22).

Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios... (Mateo 5,34).

Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; (Mateo 5,39).

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; (Mateo 5,44).

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús...  (Filipenses 2,5).

Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. (Mateo 15,42).

A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva. (Lucas 6,30).

Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; (1ª Pedro 3,8).

Así que ruego a todos los que hagan la misericordia de examinar este somero escrito, que tengan presentes estos y otros textos que, tal vez, conozcan mejor que yo. Tal vez recordemos la frase del Señor Jesús: El que esté libre de pecado, lance piedra contra ella. (Juan 8:7).


jueves, 8 de marzo de 2012

DIVORCIO Y SECUELAS


No adulterarás, no matarás, no hurtarás,
no dirás falso testimonio, no codiciarás,
y cualquier otro mandamiento,
en esta sentencia se resume:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El amor no hace mal al prójimo;
así que el cumplimiento de la ley es el amor.
 (Romanos 13).

 La situación real es terrible y los daños económicos, físicos, (69 crímenes por esta causa) y sicológicos, sumen a la sociedad del desarrollo y la emancipación religiosa, en un feroz sufrimiento y degradante desconcierto moral.

La cifra de rupturas matrimoniales alcanza cada año aproximadamente un 10% más que el año anterior, así como los crímenes perpetrados por causas concomitantes. Comparando con el año 1990 el aumento es de vértigo, y se espera que en los próximos años (contando con las uniones de hecho que se separan, las uniones matrimoniales o afines llegarán al 50% de divorcios.

Si usted se casa sepa que hay una probabilidad de un 50% de posibilidades de que su matrimonio termine en divorcio. Desde 1990 ya se han incrementado más del 80% los divorcios que se producen. En la actualidad (2012) ese 50% parece ya superado.

Más del 50% en cifras redondas, no alcanzan los diez años de vigencia, y aproximadamente el 70% finiquita antes de los quince años. Son cifras tomadas a voleo de las estadísticas existentes, y con más o menos exactitud, esa es la situación, bien ilustrativa por cierto, de la extensión de este gran mal.

Como siempre, los que pagan las consecuencias de estas rupturas son los niños, como elemento más débil de todo este tinglado de mentira y traiciones al compañero/a, al que se había jurado amor hasta la muerte, refrendado en las iglesias o en los juzgados y hasta ayuntamientos.

Los niños sufren cambios de domicilios bruscos, en medio de las tormentas emocionales que se provocan en las separaciones de los padres; sufren trastornos físicos, fracaso escolar, anticipación en sus actividades sexuales, vulnerabilidad ante la droga, el alcohol, y los etcéteras de rigor.

Todo eso lo conocen los padres que se separan, y que afirman vehementemente que adoran a sus hijos. A pesar de estas manifestaciones, los progenitores buscan más su propio derecho antes que el de los hijos. No de otra manera, se explica lo que está ocurriendo.

Del aborto no deseo ni hablar, y solo lo menciono como una plaga admitida tranquilamente por multitudes, y contra la que de no resistir a todo trance, la lucha está perdida. Lo dejo, porque para mí  son «aguas profundas.» Ya lo trato en otros escritos.

También, anteriormente, se han tenido que preparar otras medidas contra el alcoholismo, la drogadicción, la ludopatía, y otro largo etcétera de dependencias, resultantes de esa llamada «libertad» y desentendimiento de la moral cristiana. Pero el pueblo así lo quiere.

LAS COSAS COMO SON, NO COMO ESTÁN



Después de casados comprueban con dolor, que no había nada de eso en la persona amada, y que su vida es solo un continuo dolor, al comprobar la manera de comportarse de su ya esposo-esposa.

Realmente ellos ya se habían figurado algo, pero su pasión les llevó a dar por bueno lo que ellos sospechaban, con razón, que solo era una táctica sutil por parte del otro para conseguir sus malvados objetivos.

Pretender en las circunstancias que brevemente hemos mencionado (hay a miles), que los hechos sigan como si tal cosa, es desconocer la verdadera entidad de la voluntad de Dios, para nuestra salvación y vida sana en paz. El mandamiento es fiel y correcto.

Tratar de desvirtuarlo es necedad y pecado, pero asimismo, tratar de juzgarlo y tratarlo desde un sillón, en la paz del cristiano más elevado espiritualmente, puede resultar soberbia y una falta clamorosa de misericordia.

Por supuesto que la solución, no es hacer las cosas como a cada uno se le antoje. Si hay voluntad de agradar a Dios, es natural que se busquen adecuaciones que traten a la vez el problema, y no violen la misericordia y la voluntad de Dios, que solo es el bien de los hombres.

Tal vez a muchos, con razones sólidas, no les parezca bien que se produzcan casos de anulación de matrimonio por causa de mala intención previa, problemas sexuales posteriores, y reservas mentales que se aducen para  tales anulaciones. Para ellos el mandamiento es férreo, y no  cabe una solución ni el ejercicio de la misericordia.

Es muy respetable tal posición, aunque creo que las causas de anulación cuando son por causas legítimas y verídicas, tienen un peso enorme en la decisión de tales anulaciones. El hecho de haberse hecho unos votos en una ceremonia de cualquier clase, con reservas mentales o intenciones viles o desordenadas, no hace de esa ceremonia un verdadero casamiento o matrimonio.

La presencia de sacerdote, pastor, o cualquier clase de persona (clérigo o no), por muy relevante que sea no valida tal parodia. La sana intención, y los votos interiores de los contrayentes delante de Dios, como debe ser en cristianos sinceros, es lo único que constituye el vínculo sagrado. (Orígenes)

               Y si hay esa falta de conocimiento, cárguese a la cuenta de los que ostentan cargo eclesial, la proporcional y justa responsabilidad, por no hacer que en su congregación silbe el látigo del espíritu, y el bálsamo de la Gracia de Dios. De no ser así Jesús hubiese dicho que la ley era la ley y que la mujer adúltera fuera lapidada. Y eso no lo dijo. Solo dijo a la mujer: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. (Juan 8:11)

domingo, 4 de marzo de 2012

NO DIOS, SINO NOSOTROS



Los jueces humanos han de intervenir en algo, que los propios cónyuges tendrían que defender con más rigor. Su fe y su intimidad y sobre todo, su ejemplo y sus hijos. Ponen el asunto en las manos de un juez humano, y no de la iglesia.


Esto es poner un árbitro que arregle las problemas que  equivale a pensar que la norma de Dios no ha «sabido o podido» resolver tal problema, y que la forma de enfoque mundana por parte de los cónyuges, ha de resolver el asunto a la manera del mundo.


Es realmente un desprecio a las reglas provechosas de Dios. No queremos seguir la senda de Dios. Como en el libro de Samuel se dice, así se procede hoy día. No solo por los negativos o indiferentes; a fin de cuentas es lo suyo. Es por los autodenominados cristianos, que se produce esa rebelión contra los mandamientos de Dios.


Israel, a pesar de comprobar a lo largo de los siglos la protección de Dios, en medio de naciones superiores en poder, no quería que Dios se inmiscuyese en sus caminos, y así se dice en la Santa Escritura: Pero el pueblo (de Dios) no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras. (2º Samuel 8,19 al 22).


Los actuales republicanos, ignorando la idiosincrasia de nuestro pueblo, quieren implantar una república en donde ellos puedan elegir a quien sea el presidente, que es equivalente al rey como jefe del Estado. Dicen lo mismo que aquellos israelíes: no queremos que este reine “sobre nosotros”. Y así hicieron, con el Cristo de la Verdad y el Amor.


Todas las costumbres de los paganos, fueron buscadas y adoptadas por el pueblo, que desechaba abiertamente a Dios, para sostener e impulsar sus vidas. En esa rebelión, las más necias idolatrías se impusieron durante siglos en Israel. Los nefastos resultados los explica abundantemente la historia.


 Y Jesús cuenta en una parábola refiriéndose a lo mismo, solo que aplicado a su propia persona: Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. (Lucas 19,14). Esa es la filosofía actual, con las lógicas excepciones. Simplemente no queremos que Cristo reine en nuestros corazones y en nuestras vidas.


Que Cristo reine en nuestros corazones, significa en el terreno practico que todos lleven consigo mismo la bondad, el amor a los demás, la solidaridad, la paz…  y todos los buenos elementos que pueden hacer felices a las personas en toda clase de raza o situación.


Paz, para vivir confiados uso en otros, y prosperidad, pues al no reinar la codicia como ahora, todos tendríamos nuestra parte en esta tierra don divino de Dios. No más guerras, no más expolios, no más robo y venalidad. En fin, la redención completa de la humanidad.


Volviendo a nuestro asunto, se contrasta frecuentemente a gente que se ha hecho pasar por ferviente cristiano, para conseguir la chica o chico con el que deseaban casarse, y antes del matrimonio han hecho profesión de fe con los labios, para que el novio o novia pensara que hacía un casamiento según la voluntad de Dios. Después… ya saben.

miércoles, 29 de febrero de 2012

LEGISLACIÓN SIN DIOS



Porque vosotros sois el templo del Dios viviente,
 como Dios dijo:
Habitaré y andaré entre ellos,
Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo.
Por lo cual, salid de en medio de ellos,
y apartaos, dice el Señor,
y no toquéis lo inmundo; yo os recibiré,
Y seré para vosotros por Padre,
Y vosotros me seréis hijos e hijas,
 dice el Señor Todopoderoso.

(2ª Corintios 16 al 18)

La arbitraria y violenta forma de producirse por el que realmente no es cristiano, o no se comporta como tal con el otro cónyuge, y su conducta atrabiliaria, humillante y violenta, han de ser tenidas en cuenta por los que, ante casos de esta sombría índole no pueden evitar involuntariamente, constituirse en jueces de hechos y sentimientos.


La separación es medio divorcio, si no más, que se produce por la frivolidad y falta de respeto a las normas de Dios por una sociedad, que hace de sus sucias leyes, una «gloriosa» llamada a la libertad humana con palabras hinchadas de orgullo y arrogancia.


Como en la Torre de Babel, el hombre moderno se está haciendo para sí un mundo apartado de toda norma de Dios. Mediante esta filosofía aparta de sí a Cristo, y se procura unas leyes humanistas que suplanten la ordenanza de Dios.


No es lo peor, que esta sociedad se conduzca de esta horrenda manera. Es que los llamados creyentes creen que las leyes de Dios que fueron hechas y dadas a los hombres por el mismo Espíritu  Santo (y que están sobradamente contrastadas por el uso y la experiencia), están periclitadas, y es necesario sustituirlas por las que el hombre se da a sí mismo, según el espíritu de los tiempos actuales.


Estos llamados cristianos se rinden al mundo, y se pliegan a todas sus exigencias y modo de contemplar las cosas, desde un criterio que no tiene en cuenta la autoridad y el poder de Dios. Solo adoran los vicios, la ambición, los llamados signos externos de riqueza, y la posición social.


No son ni fríos, ni calientes. El fervor y el amor hacia Dios, se consideran como exageración, y es objeto de burla por los que deberían ser los más conspicuos defensores de la verdad de Dios.


Que el más fuerte físicamente use esa superioridad (generalmente el varón), para maltratar a su propia carne que es su propia esposa, es bárbaro y sobremanera pecaminoso. No tiene justificación alguna.


Que amparándose en las leyes establecidas para proteger, unas pocas provocaciones (generalmente la mujer), motiven que el marido pierda el tino, y haga o diga unas cuantas barbaridades es repelente. Mas denuncias, más presiones, más acoso, y más desesperación. De ahí las tragedias que vivimos. 


Es constante la sangría que padecemos, y tantos hogares destrozados. Mujeres y maridos, agrediéndose mutuamente tanto de palabra como de obra, y en la cárcel gentes que, siendo por lo demás buenos ciudadanos, han caído en el crimen y en la más baja situación moral con respecto a la sociedad, y sobre todo con sus hijos inocentes.

martes, 28 de febrero de 2012

SEPARACIÓN... ESPIRITUAL

1x1.trans Separacion de Bienes
 

No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque
¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia?
¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?
¿Y qué concordia Cristo con Belial?
¿O qué parte el creyente con el incrédulo?
¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?

(2ª Corintios 14 al 16).

La palabra separación en tiempos de Jesús, no se aplicaba como ahora a las separaciones matrimoniales. Antiguamente se separaban y aquello terminaba con todo. El uso de la moderna palabra, separación, a fuerza de repetirse, se ha asentado como forma rutinaria de expresión específica, para los preliminares del divorcio.

La ignorancia hace que las gentes crean que el mecanismo moderno de quebrantar el matrimonio, llamado separación, es de todos los tiempos.

Eso está muy lejos de la realidad. La separación moderna es un ritual que se antepone al divorcio, y que trata de ser amortiguador en una etapa intermedia entre la abominación del divorcio, y el estado matrimonial.

Las leyes desarrolladas por los legislativos que no están inspirados en la ética y moral cristiana, proveen unos pasos para el libre divorcio. En cualquier caso, basta que uno o los dos esposos quieran separarse, para que se les conceda, de inmediato, la “separación legal”. Pronto se hará así también con el divorcio.

Todo el mundo ve esto muy bien, y nadie se escandaliza por ello. Es más, si una esposa, constante matrimonio, quiere tener aventuras extramatrimoniales, no consta como cargo en contra de ella, sino que se ve con naturalidad, y como un derecho al que nadie, ni su esposo, puede poner ningún reparo.

En caso de fornicación y separación consiguiente, no caben acusaciones contra ella en el proceso legal. Contra él, supone hoy prácticamente una expulsión de su hogar, como se hacía a la mujer, en los tiempos antiguos mencionados.

No obstante la separación matrimonial supone, en cierto modo, un aplazamiento para reflexionar sin la ira y rencor de un agudo momento. Por eso se ha establecido una posibilidad de reconciliación, y en los casos en los que no hay separación traumática y litigiosa, esto ocurre bastantes veces.

Es pues la separación una forma amortiguada de divorcio, con la posibilidad de que, pasadas las primeras escaramuzas entre los esposos, se pueda llegar a una reconciliación y el consiguiente restablecimiento del régimen matrimonial.

Entre nosotros, los creyentes, no debe ser así. Conocemos a cristianos aparentemente consagrados, que en momentos de crisis han echado mano de la separación, tanto él como ella.

Una vez separados, el esfuerzo de justificar la separación, ha hecho que los consortes viertan acusaciones mutuas, dejando la puerta abierta para el inevitable divorcio.

Es tristísimo, que los que se llaman a sí mismos con este digno nombre de cristianos, se mezclen con los usos del mundo, para tratar de justificar lo que solo es frivolidad y falta de fe.

No hago mención a las circunstancias que concurren en algunos casos, en los que verdaderamente el cónyuge creyente, varón o mujer, se ha visto literalmente atropellado y arrojado de su casa. Casos peculiares los hay a montones, y no son tan excepcionales.
 
 

lunes, 13 de febrero de 2012

TRISTE DESTINO DE LA MUJER


             Injusto y triste, ha sido desde la Caída el destino de las mujeres. Este del repudio, era una losa que pesaba sobre ellas y ¿por qué no decirlo? también sobre los varones que, al fin y al cabo, habían de responder ante los parientes varones, padres, hermanos, etc. de las mujeres repudiadas. Pero era algo habitual, y aceptado por todos.

Era una mentalidad basada en la fuerza del hombre, y en la necesidad de la mujer de una casa segura en la que criar a sus hijos y sostenerse en la vejez, que en aquel tiempo siendo viudas ancianas, casi se veían forzadas a mendigar. Y esto haciendo abstracción de sentimientos y honra de la  mujer.

Es terrible lo mal que lo pasa la mujer que no se siente amada, y más aun en aquella época y situación. Los hijos suplen esa necesidad, que tal vez el varón no es capaz de aportar. Y así debía de ser en aquel tiempo. De ahí la queja de Raquel la esposa de Jacob: Viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y decía a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero. (Génesis 30:10)

Excepciones había, y ejemplo tenemos en la Biblia de que había hombres que amaban vehemente a sus esposas. Elcana, israelita, tenía dos mujeres, pero solo una le dio dos hijos. La otra; Ana, no tenía hijos y clamaba a Dios y lloraba, y no comía cuando el marido repartía la comida.

Para ella era la mejor parte, pero la ausencia de fertilidad la hacía desgraciada. El le decía: ¿Por qué lloras Ana, y no comes? ¿No soy yo para ti, más que diez hijos? (1º Samuel 1:8) La ternura también, y de forma constante, aparece en la Biblia.

El libelo o carta de repudio (no el repudio mismo), fue una dificultad añadida por Moisés para templar a los esposos precipitados, y para dar a la mujer alguna cobertura, aunque fuese mínima. Así que no fue Moisés el que lo hizo mal, sino que fueron los rebeldes israelitas.

Estos, por persistir en los actos de su duro corazón, buscaron más tarde pretextos para realizar sus inicuos actos de aborrecimiento de su legítima esposa, pretendiendo además que la religión, o mejor dicho, la tradición religiosa, muy entroncada con la civil, respaldaran sus sucios extravíos.

Pienso pues que en lo concerniente al repudio, he hecho una breve descripción del hecho y sus inmediatas y más gruesas consecuencias, que pueden ilustrar mejor aun, el nuevo régimen de amor y libertad del nuevo pacto instituido por Jesucristo, con el respeto y la cordura de la unión entre cristianos.

No era una permisión ni otorgamiento de Dios, sino que Moisés, para amortiguar el desastre humano que suponía un repudio, (y más en aquel tiempo), trató de regularlo amortiguando así sus efectos contra las familias, amargos y crudelísimos. El (Jesús) les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. (Mateo 19:8)

Jesús reprendió a los israelitas por causa del repudio y no lo consintió, si no era porque ella se amancebara con otro y en caso de adulterio. Pero insistió en que el hombre amara a su mujer y esta respetara al hombre.

Y así dice también San Pablo fiel a la doctrina de Jesús: Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido. (Efesios:5 33) Nada más claro.

jueves, 9 de febrero de 2012

LIBELO DE REPUDIO




Fácil es imaginarse lo que se reprochaba a los hebreos severamente, y por qué Dios no quería ofrenda de ellos: Y esta otra vez haréis cubrir el altar de Yahvé de lágrimas, de llanto y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano.

Mas diréis: ¿por qué? Porque Yahvé ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto.

¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.

Porque Yahvé, Dios de Israel ha dicho que aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido, dijo Yahvé de los ejércitos. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales. (Malaquías 8,12 al 16).

Un clamor de dolor y desesperación, se levantaba ante el altar de Dios por parte de aquellas pobres mujeres, que se veían en la calle, sin esposo, sin casa, sin sus hijos que quedaban en poder del varón. Eso era lo que Jesús denostó cuando la pregunta de los fariseos. ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? (Mateo 19,3).

No hablaban de divorcio, sino de repudio. No es, y no era lícito al hombre repudiar. La enseñanza es clara. Sobre una pregunta concreta, hay una concreta respuesta. Jesús no dice nada contra lo que antes estaba escrito en la Ley y los profetas, como hemos visto anteriormente en el texto bíblico de Malaquías. Sobre los cimientos de “La Ley”, dio a todo, su correcto sentido y su aplicación conveniente en la recta dirección del nuevo pacto.

El repudio era un salvaje acontecer, corriente entre los judíos, que Moisés, un legislador bueno, comprensivo y humano, permitió por causa de sus duros corazones, prescribiendo el libelo o documento de repudio.

Al menos, cuando fuese repudiada, la mujer tendría por decirlo así, una carta en la que se especificaría el motivo del repudio. Si este era por motivos banales, la esposa podría reivindicar su honor y sus capacidades, y el esposo se tendría que pensar muy bien lo que escribía.

Si fuera por motivos reales que la degradasen, la mujer se guardaría muy mucho de comportarse mal en algo que, de producirse el repudio, pudiera deshonrarla con las habituales y crudelísimas consecuencias para la mujer, en aquel tiempo. Y esto último en el caso de las mujeres israelitas, pero no así en las naciones paganas, cuyas legislaciones en este asunto eran sencillamente tratar a la mujer como un animal o una esclava.

A menos claro que fuese importante o el esposo estuviese muy enamorado. Generalmente este, cuando conocía a otra mucho más joven, y por su juventud más bella y apetecible, dejaba de lado a la mujer o concubina más antigua y le negaba el débito conyugal.