jueves, 22 de diciembre de 2011

MATERIAS ESCABROSAS



Estas materias son -para muchos- escabrosas y por ello no  abundo en este resbaladizo tema, pues como dice el apóstol Pablo: fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos. (Efesios 5:3). Así pues paso sobre estas cosas y continúo.

No es cuestión de someter a nadie a nuestras propias creencias, como tampoco obligar a nadie de nuestro pensar, a decir que sí a lo que en su fe ha de decir que no. La fe cristiana dice una cosa. Se toma o se deja. No se la puede mixtificar.

La dificultad que padecen los que tienen que ocultar sus inclinaciones o prácticas sexuales, es un calvario en muchos casos que deberíamos reconocer usando de misericordia.

En un cristiano que tenga esas tendencias (no entraré en las causas), solo hay que entender que cada cual tiene su cruz, y esta es la suya. Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.

Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios? Y: Si el justo con dificultad se salva, ¿En dónde aparecerá el impío y el pecador?

De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien. (1ª Pedro 4:15 y ss).

Las diversas tendencias sexuales se pueden sublimar, como se hace y se ha hecho por tantas santas personas que han renunciado de grado al sexo, que no a su sexualidad. La distinta inclinación personal, no es necesariamente un impedimento para hacer separación del pecado.

Que a los que practican tales cosas, (aclaro que practicar, no es caer incidentalmente), y las palabras de Dios sean para ellos algo a no tener en cuenta (aparentemente), no deja, ni mucho menos sin contenido el mandamiento, y con él las consecuencias de tales modos de enfocar y practicar el sexo, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus propios razonamientos, (Romanos 1:21).

La experiencia muestra en muchos casos la sordidez de tales formas de sexo, como también en los convivientes bisexuales. Solo hay un camino, Cristo; y ese lo tenemos bien trazado los cristianos. Lo demás, como dice el poeta, es «dar vueltas al atajo».

Ahora se lleva el asunto más lejos, y no solo se celebran «matrimonios» civiles sino que, además, se insiste machaconamente en querer realizar matrimonios “cristianos” entre homosexuales, travestís, etc. La fe cristiana se opone resueltamente a esto.

¿Es que los que piensan, o son así, son malas personas o ciudadanos de segunda categoría? De ningún modo pienso que sea así. Como no lo es nadie por su pensamiento, su morfología corporal, su raza, o cualquier peculiaridad personal.

Estas personas son como cualquiera, aunque con la tendencia sexual mencionada. Tienen sus convicciones y sus impulsos, que son respetables, aunque en su propio terreno y en su propio ambiente.

También las iglesias tienen su doctrina en el suyo propio, respetable también, y no es cuestión de violar unos conceptos doctrinales y unos claros mandamientos, para instaurar lo que  conviene a otros, por lo demás -para mí- absolutamente respetables como personas y ciudadanos civiles.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

LEGISLACIÓN PAGANA


                 Actualmente, y para ceñirnos a Europa, las leyes (que no tienen en cuenta la moral cristiana) se han desarrollado de tal manera, que hasta los mismos creyentes han de someterse a estas leyes y, por tanto, es verdaderamente difícil para ellos adaptarse a una legislación que desde el principio conspira contra la institución y la degrada de forma terrible.

Hoy día cualquier mujer y cuando quiera, puede echar al marido de la casa con solo denunciar que quiere separarse. Del mismo modo, un varón abandona a su familia y se marcha a donde le parezca con quien quiera, sin el menor perjuicio o molestia. Se va y basta. Pero hay que pagar.

La infidelidad manifiesta es motivo de regocijo, y es considerada un triunfo de la liberación, más bien de la mujer. Exactamente lo contrario de lo que ocurría en tiempos de Jesús, pues la ley ahora perjudica al varón. Se entiende que es la ley civil.

El argumento de que ya era hora de que las tornas se volvieran a favor de la mujer, es solamente una falacia; se continúa vulnerando el precepto de Dios, al establecer otra legislación tan injusta como la que antes existía, aunque sea con el pretexto de resarcir a las mujeres.

Tratar de reparar una injusticia con otra injusticia de sentido contrario, es cuanto menos un error y una venganza, que no justicia. De ahí las calamidades que produce, y que se continuarán perpetrando. Eso no es moral cristiana. Si para otros es aceptable lo será para ellos, pero no es nuestra forma de ver las cosas.

Es cierto que siempre han sido los varones los que han sido más proclives a la infidelidad, aunque es necesario reconocer que estas infidelidades, tenían que producirse con la necesaria cooperación de otras mujeres; estas también infieles a su deber y a sus familias. Pero eso es caso de otros estudios, en otro lugar.

Por añadir algo más, sin alargar demasiado, los homosexuales y otras personas con su particular forma de contemplar las vivencias sexuales, (no entro en legitimidades civiles ni personales), hace pocos años despotricaban contra el matrimonio por considerarlo anticuado, innecesario para la convivencia, y hasta perjudicial para la vida de la sociedad.

Actualmente se insiste y presiona para que homosexuales, y las muchas otras tendencias sexuales puedan contraer «matrimonio». Y que no solamente lo acepten todos, sino que aplaudan en nombre de unos derechos y una situación social “de hecho”.

También, desde otras distintas facetas de la sexualidad, hay que reseñar que en las sociedades no monoteístas, se han llevado hasta el límite las más perversas formas de sexualidad, normalmente acompañadas de otras costumbres que las propiciaban.

Tal proceder es considerado por ellos, como la práctica de unas opciones sexuales, tan válidas y legítimas como el matrimonio, y no como desviación sexual. Cada cual tiene sus propios designios cuando se separan de la justa conducción de Dios.

Este pensamiento y consiguientes resultados les atañen a ellos en sus derechos, y no a los cristianos que naturalmente no comulgamos con tales prácticas, de la misma forma que ellos no lo hacen con las nuestras.

El legislador ha de tener en cuenta a todas las opciones de pensamiento de los ciudadanos. Lo que no puede hacer es aplicar a todos las mismas normas, que repugnan a unos mientras agradan a otros. “Juntos pero no revueltos”.

MATRIMONIO.




Honroso sea en todos, el matrimonio y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios. (Hebreos 13,4)

Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;
 contra tales cosas no hay ley.
(Gálatas 5:18)

En esta cuestión es fácil perderse, si no se distinguen claramente los perfiles y matices, importantísimos, de lo que es y lo que no es “matrimonio cristiano”.

Las gentes se casan y se dan en casamiento de forma natural, y cada uno por el procedimiento más acorde con sus creencias y conveniencias civiles, tanto como del lugar o cultura en la que se celebre.

Es fundamental distinguir, entre un matrimonio que se hace por convicción y procedimientos cristianos, y el que meramente establece unos derechos y obligaciones civiles, al albur de cómo salga el experimento.

Este aporte de impresiones y de opiniones resumidas, es para cristianos de cualquier denominación, grande o exigua, y no para indiferentes o incrédulos. Estos últimos tienen su propia manera de percibir las cosas. Están fuera.

Cuando un hombre y una mujer se proponen vivir juntos (convivir), tal y como el Evangelio propone y consuman la unión, eso es válido. Se acepta casi universalmente, como antes he señalado, que los ministros del matrimonio son los cónyuges.

El que se quiera o deba hacer ante amigos, familiares, algo de bullicio para hacerlo más solemne y grato, añade alegría a una unión en la que, además de los contrayentes, participan todos los que quieren respaldar esta unión con su presencia.

No es cosa de hacer las cosas en un rincón, sino ante Dios y ante los hombres, si no hay graves impedimentos. La boda, como alegre  acontecimiento a celebrar, puede ser gozosa y algo exuberante, aunque sin extremos que desvirtúen la solemnidad de  la ceremonia.

El matrimonio ha sido establecido para procurar el bien, y no el mal para hombres y mujeres. Para gozo, y no para tristeza; para sosiego, y no agobio. No es el himeneo una carga, o peso inútil, sino que el matrimonio cristiano, es el proveedor idóneo a las necesidades más fundamentales del ser humano.

Y esto tanto en las espirituales como físicas. El sábado ha sido hecho para beneficiar al hombre, no el hombre para servir al sábado. (Marcos 2: 27). Así también el matrimonio.

Así que, ya no consideremos al matrimonio como un vínculo que conspira contra la paz de las personas, sino que con prudencia y temor de Dios, tratemos de librar al inocente que matrimonia, de la esclavitud de una ley que fue instituida para beneficio del hombre, y no para esclavizarlo y hacerle desdichado.

A los efectos de tratar sobre la ruptura del matrimonio, se han mezclado conceptos y palabras, con lo que en lugar de aclarar han difuminado su significado, y desde ahí se han levantado reglas e imposiciones incorrectas, y en muchos casos engañosas.

El matrimonio que contemplaba Jesús, era el que existía entonces en el tiempo y la patria de Jesús; el judío. El matrimonio pagano que no se hacía según la ley judía, era de todo menos matrimonio, al parecer de los judíos.

martes, 20 de diciembre de 2011

¿DE QUE HABLAMOS? "MATRIMONIO"


Creo que jugarse el porvenir y la integridad de la fe, al albur de que el novio o novia incrédulo se convierta, es por demás peligroso y lleva sanción en sí mismo. Los escasos éxitos, son insólitas excepciones. El que se produzcan, no invalida lo dicho.

Sin embargo usar comprensión para las excepciones, es deber cristiano. Somos débiles, y afortunadamente dependemos de la Gracia de Dios, en el sacrificio de Jesucristo.

El divorcio no es permisible de ninguna manera, y por ningún concepto tópico, ni costumbrista. Socialmente es lo que se llama una “charranada”. Moralmente es una ofensa a Dios, que no quiere que nadie se sienta despojado o despreciado por otro.

El creyente no está obligado, si el consorte se marcha o, por leyes humanas, lo despide o hace imposible la convivencia que no ha sido violada por el inocente.

El creyente despojado y despedido, tiene derecho a recurrir a los tribunales civiles para sustentar sus derechos sobre los hijos, y también sus derechos civiles. Lo haga o no, es cosa personal y de la conciencia individual.

En casos de mala fe, engaño, reservas mentales, abandono, etc. hay que usar de misericordia y comprensión, para si se produce una nueva unión por parte de la víctima. A paz nos llamó Dios. (1ª Corintios 7,15).

Aun sin estar casados con documentos, o mediante los hechos consumados, la convivencia de un hombre y una mujer si llega a su consumación sexual con fines serios, es matrimonio si hay intención de que sea. Y más aun, si no se da el contexto idóneas para realizarlo en público. Los contrayentes son los cónyuges.

Cuando hablo de creyentes me refiero a los que para sus vidas entregadas, tienen como motivación para todo acto y pensamiento la referencia de Jesucristo. Así dice el consejo evangélico del apóstol Pablo: Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo… (1ª Corintios 10,31 y ss). Esa es una regla de oro. No cabe fallo, ni aun en los mismos errores humanos.

Se puede aducir que es muy fácil escribir estas cosas, cuando se es dichoso, se tiene un matrimonio dichoso, y se tiene una economía razonable. Pero muchos pueden decir: Yo tengo una familia imposible de controlar, con diferencias, problemas de toda índole, y hasta parece que cualquier familia mundana está mejor asentada que la mía.

Aun así tengo que decir, para el cristiano, que Dios no es como nosotros desearíamos que fuera. Si Dios actuara en lo que tú mismo puedes hacer ¡vaya idea de Dios! Pero él actúa en lo imposible. En lo imposible de tu familia, de tu esposa o esposo intratable, en tus hijos que ves con alarma como derivan hacia lo que no conviene.

Actúa en lo imposible de la iglesia, con impurezas, llevada por seres humanos, y por tanto con debilidades, fallos y hasta malos ejemplos. Pero si fuera pura, perfecta, sin tacha alguna, esa iglesia sería «nuestra Iglesia”, nuestra obra de hombres. La iglesia tiene que depender como todos individualmente de la misericordia de Dios, y de su perdón inextinguible.

ESTA ES MI OPINIÓN.-  NO ME SIENTO INFALIBLE.

lunes, 19 de diciembre de 2011

ACLARACIONES PREVIAS.



Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja.
El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer.

Hay asimismo diferencia entre la casada y la doncella.
La doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en cuerpo como en espíritu;
pero la casada tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.

Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente,
y para que sin impedimento os acerquéis al Señor.
(1ª Corintios 7,32 y ss).

En principio, según leo en las Escrituras entiendo que:

El creyente que pretenda seguir a Jesucristo con todas sus consecuencias, debiera imitarle así como a Pablo y quedarse soltero, si lo está. Por supuesto si tiene el «don». Es un consejo evangélico. Y el don, es algo que tiene que competir necesariamente con la vocación.

El creyente que no pueda contenerse por poseer un fuerte (o normal) impulso genésico, que tenga una mujer por esposa, o la mujer un hombre por esposo, «con tal que sea en el Señor». Es un consejo evangélico. (1ª Corintios 7:39)

El creyente que esté casado al convertirse, no se separe, si su cónyuge consiente en vivir con él, sin tratar de llevarle a una distinta forma de vivir y, sobre todo, disuadirle de seguir siendo cristiano.

Puede ser que con su conducta de buen discípulo de Jesucristo, haga que el otro consorte se convierta en vista de su buen comportamiento como cónyuge, y de las ventajas que este proceder procura a sí mismo y a los demás.

A la hora de buscar esposo/a, la persona creyente soltera, ha de cerciorarse de que su futuro cónyuge es cristiano de veras, y no simplemente nominal. Que su matrimonio, tiene posibilidades reales de supervivencia y progreso.

Considero que la costumbre de buscar fuera, novia o novio mundano en la posibilidad de que puede algún día convertirse, es  perjudicial y puede resultar dañina para el cristiano. En ocasiones, estas uniones se buscan por nerviosismo o impaciencia.

Muchos de los divorcios, se producen al quedar el creyente en manifiesta inferioridad por sus escrúpulos cristianos, frente a quien no es creyente sino de palabra, o no lo es de ninguna manera. Este último suele actuar, según sus determinaciones, con rigor y sin conciencia. Lo vemos con más frecuencia de lo deseable.

Es manifiesto que en las condiciones mencionadas, sabidas desde el principio, lo más probable es que el matrimonio fracase, sea un dolor continuo para el creyente, o acabe por derribarle de su fe, para acordar con el cónyuge incrédulo.

Esto es solo una forma de opinión, recogida de las experiencias y de los consejos evangélicos. No es un dictamen dogmático, pero habitualmente parece ser así con las excepciones que en todo se producen. Pablo distingue muy bien lo que dice el Señor y lo que dice él.

viernes, 16 de diciembre de 2011

ADELANTANDO SOBRE LA SEXUALIDAD



Me entristece, y perdóneseme la petulancia, que las iglesias que se titulan cristianas (me es indiferente como se llamen), se muerdan y se devoren entre sí, ante el regocijado escándalo de los incrédulos. No incluyo las que, simplemente solo son sectas perniciosas o manifiestamente heréticas.

En estas conductas ven los incrédulos confirmadas, sus groseras sospechas contra el cristianismo, y más aun contra la persona de Jesús, y por ende, la de Dios Padre. Cada cual es responsable de sus actos. Actos que tienen sus consecuencias en el resto de las gentes, y desde luego en el día del juicio.

Ya que yo no soy un «sábelo-todo-casi», me he limitado brevemente a expresar aquí, mi sensibilidad y opinión sobre la marcha actual del cristianismo. Las opiniones discrepantes de estas afirmaciones, pueden tener también sus razones válidas. Quedan comprendidas y respetadas. Yo estoy con todos en lo bueno, y con ninguno en lo superfluo o malo. Expuesto este largo preámbulo, seguimos adelante.

Tampoco puedo decir con sinceridad que todas me parecen buenas. No es así. Casi se podría decir que todas adolecen del mismo error de confundir evangelización con proselitismo, que aunque parezca lo mismo no lo es, como no es lo mismo venerar que adorar, aunque en los diccionarios se pretenda, por ir con la corriente, y asimilar (ofendiendo a la gramática) las palabras por los significados que les da el vulgo.

Y como no se trata de confundir como ya dije, solo quiero aclarar que muchas de las cosas que usan, y otros defienden como si fueran decisivas para la salvación, ganada con la sangre de Cristo no son de ofensa contra Dios si se hacen genuinamente de otra forma distinta (aquí los pelagianos o los arminianos tienen materia para discutir).

Cristo fue el que nos libró de males y fanatismos en lo que Ratzinger llama “las cosas segundas”, y no con usos y costumbres- buenas sin duda- pero que, insisto, no son las que determinan la vida cristiana, ni la sanidad de las costumbres.

Aquí voy a tratar de las cosas de la sexualidad que marcan la vida acciones, deseos, y consecuciones, porque ella es la motivación principal del proceso humano en el orden de la cultura, el pensamiento y el la evolución mecánica humana. El progreso tiene como principal elemento de dinamismo, la sexualidad de la cual todos somos por lo general tributarios

De ahí la importancia de un tratamiento que sin despreciar las doctrinas emanadas por Jesús, tiendan a templar el rigor de los mandamientos sin violentar la voluntad de Dios en cuanto a su uso y regulación idónea.

La posesión de una mujer por un hombre (antiguamente era así), no era cosa de la consumación del mal violándola o llevándosela, sino que este mal se le había hecho a ella y a su legítimo detentador, fuera padre, hermano, madre, familias, clan, o simplemente se asimilaba a detentar algo que pertenecía a otra persona.

Es por eso, que los mandamientos asimilan a la mujer con el asno, la casa, o cualquier posesión del prójimo. Esto también se puede aplicar sin duda al robo de un niño varón para que las mujeres no se sientan tan vejadas por esta situación.

Tal vez el feminismo extremo tenga mucho que decir y refutar, pero las cosas eran de esta forma, y esta mandamiento la única manera de que la descendencia permaneciera en el clan, reforzando el número de personas que le daba prevalencia y le permitía defenderse… o en otros casos, atacar con la fuerza del número y la unión. De ahí la circuncisión, que dedicaba el miembro viril, generador de la vida, a Dios.

CORSÉS MENTALES


Es un aporte de ideas, para reflexión e información, que inviten a cada lector a pensar y buscar intercambio de estas reflexiones, o para mejor asentamiento de la correcta doctrina. Quiero aclarar y no confundir. Titánico esfuerzo, y osada pretensión.

No es bueno que se establezcan conceptos rígidos que, por ser controvertidos y, para más gravedad, de importancia vital en la vida de todos, hombres mujeres y niños, son de muy delicado tratamiento.

La gran multitud de reglas y costumbres que rigen la vida de las iglesias cristianas, se establecen como un corsé mental. Hay personas que por su escasa instrucción, por flojera mental, o falta de interés por las cosas espirituales, necesitan ir a remolque de alguna organización que les lleve sin necesidad de pensar por sí mismas. Y verdaderamente, hay muchos que necesitan de estas muletas espirituales.

Este modo de andar en «religión» de tantas gentes se tiene que apoyar en costumbres y doctrinas que el cristiano inmaduro, tiene por dogmas y mandamientos del Señor, cuando no son más que una forma aleatoria y circunstancial de procedimiento. No necesariamente mala, y tal vez muy buena, pero no determinante y creo que ni exclusivamente la única vertiente, por donde hacer fluir y correr el torrente de la espiritualidad.

Solo que es rígida, y desde luego excluyente. Y no olvidemos que la rígida costumbre, inmovilista y arriscada en asuntos de importancia accesoria, es la peor enemiga del verdadero progreso, tanto cultural como espiritual. La historia nos lo demuestra.

A nuestra simplicísima, pobrísima, variadísima, y ecuménica  congregación, vinieron muchos de otras que oían hablar de nosotros. Cada uno dio su versión de como deberíamos hacer las cosas, (vino rojo como la sangre, vino sin alcohol, pan ácimo o al contrario), y muchos casi ridículos etcéteras, que no hay por que mencionar aquí.

Una sola copa o varias, para que cada uno tuviera la suya. Cosa deseable en aras a la higiene, pero no determinantes de cómo había rígidamente que obrar en la alabanza. El despliegue de una larga letanía de normas y condiciones (que hastiaban por su apremio y su repetición), aunque ninguno coincidía con los anteriores «pedagogos». Todos se marchaban discrepantes con nosotros, y con los anteriores visitantes. “Cada maestrillo su librillo”.

El diálogo ecuménico hizo aguas en todas las ocasiones, por cualquier detalle más o menos trivial, que dificultaba como una roca inamovible, cualquier intento de integración y unidad espiritual, de la comunidad llamada “cristiana”.

Se habló mucho de unidad en el Espíritu, pero en cuanto se presentaba una discrepancia de procedimiento, la actitud se tornaba inamovible, y las secas y severas palabras como inaceptable, irreconciliable,  inadmisible, etc. abundaban en el «diálogo». Cada uno de ellos era un teólogo único, según su apreciación

Esta falta de sentido crítico y de pertinente estudio, hace que tantos y tantos militen, sin saber por qué, en distintas organizaciones religiosas, aceptando sin más averiguación lo que en ellas se les enseña. El mandamiento de Jesús: Escudriñad las Escrituras. (Juan 5:39),  se ignora, y así devienen tantos trastornos y auténticas herejías.

También esto es comprensible, porque muchos miembros de las distintas iglesias, poseen una minúscula cultura, y muchos son semianalfabetos funcionales a pesar de que se esfuerzan en aprender a leer y frecuentar la Escritura. Tienen pues que depender de lo que quiera decirles el «maestro» que les ha correspondido en suerte. No existe mucho interés por aprender, aparte de las consabidas muletillas.
               
           AMDG

sábado, 10 de diciembre de 2011

ADVERTENCIAS PARA LOS NOVATOS.

Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.
Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo.
 Porque aunque de nada tengo mala conciencia,
no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.
Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas,
 y manifestará las intenciones de los corazones;
y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.
(1ª Corintios 4, 1).

Creo que debo advertir al lector, que lo que aquí expongo está sujeto, de buen grado por mi parte, a toda matización o  controversia. ¡Bienvenidas!

La brevedad del escrito no se presta a grandes desarrollos doctrinales, ni mi intención es crear tesis, sino proporcionar el conocimiento de factores que considero importantes para la comprensión de muchos problemas matrimoniales.

Por otra parte deseo llegar con él a todos, desde el más letrado al más sencillo, con el fin de lograr para estas materias opinables, la mayor comprensión por parte de todos.

 Enzarzarse en materias controvertibles de orden menor, para al final no llegar a nada, es despreciar el tiempo necesario para dialogar de asuntos reales del espíritu, que son los que dan calibre y fuste a la vida cristiana.

Decía San Pablo: pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. 1ª Corintios 8,8... porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Romanos 14,17.  

Es, a mi juicio, una grave responsabilidad sujetar a los discípulos a disciplinas innecesarias, dejando de lado lo que es verdaderamente de sustancia y provecho. De otros textos, de sobra conocidísimos por los estudiosos de la Escritura, ni voy a comentar.

Recuerdo bien a un buen creyente evangélico, que imponía el mandamiento de no beber vino, etc. Tuvimos largos, tediosos, y hasta tensos debates, hasta que, por mi parte, di por zanjada la cuestión sin más discusiones, que de hecho entorpecieron nuestra, hasta entonces, buena relación. Y conste, que no me gusta la bebida. Pero su exigencia no era aceptable a la luz de la Escritura.

Se comprende que mi esfuerzo por lograr un ecumenismo, siquiera no agresivo ni excluyente, no ha tenido a lo largo de mi larga trayectoria mucho éxito. Hasta hoy, solo he recogido desabrimiento y muy poco espíritu de fraternidad. Y no digo más.

Todos dicen lo mismo. «Texto sin contexto, es pretexto... Sana interpretación... Todos tenemos la Biblia pero, ¿quién la interpreta?» y un largo etc. Como si el asunto de la salvación se basara en una interpretación más o menos estricta de algún precepto no malo en sí, pero innecesariamente impuesto. Solo la adhesión completa a Jesús nos redimirá de nuestra ignorancia y nuestra tendencia al mal. Lo demás es bueno si tiende invariablemente a la honra y alabanza de Dios en su hijo Jesucristo.